Abriendo heridas para tender puentes. La literatura de “hijos”

María Belén Riveiro
Lic. en Sociología

El caso argentino en la etapa de la posdictadura es peculiar. En una joven democracia la junta militar que presidió durante el período de la dictadura cívico-militar en Argentina fue juzgada y condenada por un tribunal nacional. Se creó una comisión de investigación sobre lo sucedido. Se dieron muchos debates y se generó un movimiento potente de condena a estos hechos. Décadas después de ello y tras las luchas de las organizaciones de derechos humanos por revivir la memoria y no dejar impunes a los responsables de los delitos cometidos, se empezaron a escuchar ciertas voces en medio de estos mismos y espacios que sonaban disímiles, en cierto modo disruptivas, aunque no opuestas pero que en ciertas ocasiones generaban molestias. Consideradas desde otras perspectivas se convertían en criticas revitalizantes.

En este sentido, aparece el documental Los rubios (2003) de Albertina Carri, hija de dos intelectuales y militantes reconocidos que fueron desaparecidos, en el que reconstruye el momento anterior al secuestro de sus padres. En el film deja atrás toda idealización sobre ellos para realizar una crítica dura que no se queda en eso sino que sirve a modo de visibilización de una herida que todavía no suturó. A su vez, una posición parecida pareció tomar la organización de derechos humanos compuesta por hijos de detenidos-desaparecidos, H.I.J.O.S.[1], al comenzar a implementar el humor negro, por ejemplo, como modo de abordar de otra manera lo sucedido. Ello llevó a nuevas preguntas, acerca del pasado. Una integrante de H.I.J.O.S reflexiona: “Durante muchos años pensé que lucharon por un país mejor pero a mamá no la tuve durante 6 años y a papá no lo tengo más. ¿Qué valía más la pena? ¿Luchar por un país mejor o formar una familia?” (Gelman, et. al., 1997,187).

Fue a mediados de la primera década del siglo XXI cuando un conjunto de críticos literarios comenzaron a rastrear un fenómeno similar a los mencionados en la producción de narrativa de “jóvenes” escritores. Estos autores se encontraban con un pasado que les resultaba incognoscible pero que debían enfrentar: “Creo que hay un drama histórico que no se ha debatido lo suficiente y que esa negación se transfiere a las generaciones más jóvenes” afirma el epígrafe de El ignorante, el poema de Juan Terranova, un escritor argentino que comenzó a publicar a principios de este siglo.

Estos escritores eran jóvenes adolescentes o niños, en general, durante la última dictadura cívico militar pero no son necesariamente son hijos o familiares de desaparecidos. Y este hecho no es menor. Cada posición de enunciación particular cuenta con determinadas habilitaciones y legitimidad para presentar determinados discursos, por ejemplo, aquellos que poseen un vínculo familiar con los desaparecidos. Este fenómeno más generalizado se explica dado que los efectos del genocidio no se restringieron al grupo familiar solamente.

La producción literaria a la que nos referimos son relatos que se narran en primera persona en presente pero que muestran una necesidad apremiante por retrotraerse al pasado, para cuestionarlo en gran medida. Además una de las motivaciones que dan lugar a estos relatos es que ciertas reconstrucciones del pasado se vuelven cristalizaciones que inhabilitan una reflexión productiva. Por ejemplo, en ciertos discursos políticos o de organizaciones de derechos humanos los militantes de las décadas de los años 60 y 70 se reconstruyen como figuras simplificadas con aspectos positivos únicamente que se vuelven difícil de aprehender. Patricio Pron, otro escritor argentino, escribió una novela donde narra la historia de su padre y en un momento transcribe el discurso que aquel había escrito sobre una mujer desaparecida donde construye una imagen “angelizada” acerca de ella: ” ‘A Alicia la secuestraron y desaparecieron porque formaba parte de aquella generación que tuvo que luchar para que volvieran las libertades a la patria. Para que personas como Alberto y como todos nosotros pudieran vivir en un mundo sin miedo y sin mordazas. Sin aquellos jóvenes como fue Alicia, no podríamos decir hoy lo que pensamos” (Pron, 148). Y estas figuras se vuelven obstáculos para la recuperación del pasado: “El punto es lo que vos querés, cómo vas recortando el mundo para que tu propia parte quede definida. Quizás lo más difícil allá abajo es encontrar la propia voz, en medio de tanto ruido” (Semán, 273); “No me llevo del todo bien con los discursos, los clichés semánticos, los golpes bajos, las consignas precocidas, la figura inflada de los héroes mártires. A veces, cuando se grita ‘¡Presentes!’ por los desaparecidos (…) Quisiera gritar: ‘¡Ausentes! ¡Ausentes, ahora y siempre!’ (…) No quiero llenar agujeros, por respeto a ellos y a la ausencia misma. No alcanzan las fotos que los recuerden” (Urondo, 197)[2]. Frente a este “ruido” y estos “clichés” aparecen nuevas propuestas: “(…) amarlo hasta los huesos en su descomunal imperfección y no en la chatura de los héroes” (Semán, 197). Además no sólo se cuestiona cómo reconstruir a los desaparecidos, la pregunta no se circunscribe a ellos, sino que también se empieza a preguntar por los mismos represores desde el mismo abordaje, es decir uno complejo: no se los demoniza por completo, lo que empobrecería la comprensión. En la novela de Semán[3] se le da voz al torturador y se lo hace dialogar con los secuestrados, el propio padre del narrador de la novela. No solo eso sino que también se indaga en la “humanidad” de los represores -enloquecen, se suicidan- y en los efectos que el genocidio tuvo también en ellos y en su familia. De este modo, Semán desarticula la categoría de hijos –que, aunque se haya elidido el sintagma, evoca para cualquier lector argentino la idea de “hijos de desaparecidos”- cuando pasa el foco hacia otro hijo sobre el que no se suele reflexionar, personaje que también desarrolla desde su relación filial. Estamos refiriéndonos al hijo de Capitán, el represor, quien al final de la novela mata a su padre.

Uno de los problemas que aparecen en los diversos textos de nuestro corpus no es sólo qué contar sino cómo contarlo. De ahí encontramos diversos modos de construir el relato: un poema extenso (Terranova), una crónica por un narrador que no es el protagonista de la historia (Hacher), la narración intercalada de documentos de otros sujetos (Pron), los posts cotidianos y breves de un blog (Perez), la división entre la recopilación de documentos del pasado, el relato de las vivencias cotidianas y la producción más “poética” (Urondo), la novela estructurada en tres dimensiones que suponen espacios y tiempos diferentes (Semán), los cuentos o la novela que comienzan de una manera realista para derivar en la ciencia ficción o en la novela policial (Bruzzone).

Esta literatura más que construir su propia versión de la historia lo que realizan es poner en evidencia que ciertas heridas permanecen abiertas y que las suturas fueron provisorias e impuestas y, en muchos casos, que ellas poseen efectos negativos en la actualidad porque esconden dolores que sí siguen teniendo efectos. La violencia con la que se critican determinadas decisiones del pasado o discursos acerca de él no reside centralmente en juicios de valor acerca de lo que se debería haber hecho sino en el cuestionamiento de mantener el mismo discurso del pasado que no responde a las preguntas del presente: “‘Nada es comparable. No es nuestro tiempo ni nuestras opciones. Vos escribirás tus cartas, tendrás tus flaquezas, nunca las de él (…) Somos capaces de cosas peores, por causas mucho menos pasionantes” (Semán, 195).

Estas tensiones que venimos rastreando parecen necesarias para llegar a una conciliación crítica con el pasado que está por construirse: “Se van, tus viejos se van. Se van yendo, son parte tuya (…) Tu historia es lo que hagas con eso, es tu presente” (Semán, 274). Y estos ejercicios parecen abrir la posibilidad de construir un punto de vista propio: “Paty apareció. La Paty de Martín. Sobre esta Paty modelé la mía. La dejé bella, despistada, divertida, ligerita; le agregué inteligencia, vocación y dotes de madre, de las que me hablaron otros. Perfecta, y no era una fantasía [las bastardillas pertenecen al original]” (Perez, 141).

[1] “H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) es una agrupación que formamos en 1995 a partir la motivación por juntarnos, reivindicar la lucha de nuestros padres, madres y sus compañeros, buscar a nuestros hermanos apropiados, luchar contra la impunidad. A más de 18 años, seguimos luchando por la cárcel común, perpetua y efectiva para todos los genocidas de la última dictadura cívico-militar, sus cómplices, instigadores y beneficiarios” http://bit.ly/1FEavNT.

[2] El grito de “presentes” se trata de una consigna repetida en los actos y marchas en conmemoración de lo ocurrido durante el terrorismo de estado a fin de recordar a los desaparecidos.

[3] Información sobre todos los escritores citados:
Ernesto Semán nació en la Argentina en 1969. Su trabajo abarca obras de ficción, historia y política. Trabajó durante diez años en Clarín y Página/12 –dos periódicos principales de Argentina–, y hoy sus artículos aparecen frecuentemente en diarios y revistas de la Argentina, el resto de América Latina y los Estados Unidos. Su segunda novela, Todo lo sólido (2007), fue finalista del premio Emecé. Vive Brooklyn, Nueva York.
Semán, Ernesto; Soy un bravo polito de la nueva China; Mondadori, Buenos Aires, 2011.

Juan Terranova es un escritor y periodista argentino. Nació en 1975 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, publicó numerosas novelas. Trabajó como periodista. Actualmente, dicta talleres de redacción y periodismo cultural.
Terranova, Juan; El ignorante, Tantalia, Buenos Aires, 2004.

Ángela Urondo Raboy nació en 1975. Su padre fue Paco Urondo, poeta y referente del movimiento Montoneros –organización armada revolucionaria activa durante la década de los 70 y que sufrió la represión del terrorismo de estado– fue asesinado en Mendoza el 17 de junio de 1976. Su esposa, Alicia Raboy, también fue secuestrada. Ángela tenía 11 meses en momento y estaba con ellos. Unos días después del secuestro fue recuperada por su familia y adoptada por una tía, aunque creció sin conocer lo sucedido. Recién supo su verdadera historia cuando ya tenía 20 años. Hoy en día, es dibujante y performista. Entre 2008 y 2011 escribió el blog autorreferencial Pedacitos, basado en la restitución de la identidad.
Urondo Raboy, Ángela; ¿Quién te creés que sos?, Capital intelectual, Buenos Aires, 2012.

Mariana Eva Perez nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1977. Es Licenciada en Ciencia Política y ha obtenido diversas becas de investigación para desarrollar sus estudios sobre memoria e identidad. Participó de Teatro x la identidad (“Teatroxlaidentidad (txi) nació en la profunda necesidad de articular legítimos mecanismos de defensa contra la brutalidad y el horror que significan el delito de apropiación de bebes y niños y la sustitución de sus identidades de un modo organizado y sistemático por parte de la dictadura militar. Delito que aun hoy continúa vigente. Txi en su esencia apela a la toma de conciencia y la acción transformadora de cada uno de nosotros como ciudadanos de un país que aún no ve cumplidos los deberes y derechos básicos de su pueblo” http://on.fb.me/1AuZwHX).
Perez, Mariana Eva; Diario de una princesa montonera; Capital intelectual, Buenos Aires, 2012.

Patricio Pron nació en Santa Fe. Es autor de varios libros, entre ellos, El comienzo de la primavera (2008), ganador del Premio Jaén de Novela y distinguido por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas ese año. En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.
Pron, Patricio; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia; Mondadori, Buenos Aires, 2012.

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